martes, 11 de diciembre de 2012

HISTORIA DEL ACONTECIMIENTO GUADALUPANO




. . .Motolinia nos da noticia de las grandes cantidades de indígenas que pedían el bautismo, y que en aquel momento, inexplicablemente, se contaban por miles, como se lo había informado un confraterno, decía: “fray Juan de Perpiñán y fray Francisco de Valencia, los que cada uno de estos bautizó pasaron de cien mil; de los sesenta que al presente son en este año de 1536”;31 Motolinia siguió haciendo cuentas de los miles y miles que se habían bautizado y llegó a la conclusión que en total en ese año de 1536: “serán –decía– hasta hoy día bautizados cerca de cinco millones”. . .


LA VIRGEN DE GUADALUPE
ESTRELLA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
  Ponencia presentada en el congreso Ecclesia in America, que se celebra en el Vaticano 
Martes 11 de diciembre de 2012 (ZENIT.org)




Canónigo Dr. Eduardo Chávez
Postulador de la causa de canonización de san Juan Diego y Director General del Instituto Superior de Estudios Guadalupanos (ISEG)

Introducción
El Santo Padre, Juan Pablo II, afirmó que fue en México, a los pies de la Virgen de Guadalupe, cuando vislumbró la manera de realizar su Pontificado: “Visité –recuerda el Papa- el santuario de Guadalupe en enero de 1979, durante mi primera peregrinación apostólica. El viaje fue decidido como respuesta a la invitación apostólica en la Asamblea de la Conferencia de los obispos de América Latina (CELAM), en Puebla. Aquella peregrinación inspiró en cierto sentidos todos los siguientes años del pontificado.”1
¿Qué tendría esta devoción para que, de manera evidente, fuera tan amada por el Papa? ¿Qué fue lo que vislumbró el Santo Padre para que además proclamara Fiesta Litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe para todo el Continente Americano, y declarara en aquella ocasión: “La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente.”2? Y que además y de manera explícita el Santo Padre declarara: “América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.”3 ¿Qué tendría esta Devoción, como decía, para que explícitamente el Santo Padre proclamara todo esto y más?
Como todo Acontecimiento Salvífico, el Guadalupano, si bien se verifica en un momento histórico y en un lugar determinado, trasciende fronteras, culturas, pueblos, costumbres, etc.; llega hasta lo más profundo del ser humano; además, toma en cuenta la participación precisamente de este ser humano, concreto e histórico, con sus defectos y virtudes, para que con su intervención fuera más allá de lo que la humana naturaleza permitiría. Una de las más claras manifestaciones de que en realidad se trata de un Acontecimiento Salvífico es la conversión del corazón, es el mover, en un verdadero arrepentimiento, al ser humano desde lo más profundo del alma, del espíritu y la razón, para encontrase con Dios, quien siempre es el primero en tomar esta iniciativa; haciendo realidad un cambio de vida pleno y total.
Veamos, aunque sean algunos pincelazos, los momentos más significativos de esta historia que influye decididamente en la evangelización de todo un Continente, como el mismo Santo Padre lo afirmó.

De la Reconquista a la Conquista
Mientras que en el centro de Europa el movimiento Protestante puso en crisis la relación con la Santa Sede, el pueblo español se manifestó enteramente católico, fiel a la Iglesia y defensor de Cristo, ya que, gracias a Él, había reconquistado su territorio y captaba como su misión histórica ser la punta de lanza de la Cristiandad para todos los pueblos. El pueblo español, siendo paladines de Cristo, pasó de la reconquista a la conquista. Como afirmó Francisco Hernández de Gómara: “La mayor cosa después de la creación del mundo y la muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias [...] Nunca nación se extendió a tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas [...] Comenzaron las conquistas de indios acabada la de moros, para que siempre guerreasen españoles contra infieles.”4
Por otra parte, y al otro lado de su mundo, se encontraban imperios inmensos: el “Tahuantisuyo” y el “Tlatocáyotl”, es decir, el imperio Inca y el imperio Azteca. La belicosidad y su profunda religiosidad eran las características esenciales de estos pueblos, que los llevaron a conquistar casi todo lo que era su mundo.
Veinticinco años después del Descubrimiento de América, en 1517, Francisco Hernández de Córdova descubrió, oficialmente, tierras mexicanas; al siguiente año le siguió Juan de Grijalva; pero es hasta la llegada de Hernán Cortés, en 1519, cuando de una simple exploración se consumó una gran conquista.5
A inicios del siglo XVI, el imperio Azteca era un conglomerado de, aproximadamente, 23 millones de súbditos de diferentes tribus, muchas de las cuales odiaban a los aztecas por sanguinarios, y esto obedecía a que los aztecas se consideraban llamados a preservar la vida del mundo, alimentándolo con los corazones y la sangre obtenidos por los prisioneros en las llamadas “guerras floridas”; prisioneros que eran sacrificados ritualmente, sacándoles sus corazones para ofrecerlos en alimento a sus dioses y, de esta manera, preservar el ciclo de la vida.
Los indígenas estaban convencidos, por su mentalidad religiosa, que se cumpliría una de las profecías más importantes y determinantes de su existencia; en síntesis esta profecía decía que un caudillo-dios, llamado “Quetzalcóatl” (“serpiente emplumada”), iba a regresar por el Oriente, y este líder bueno tenía, extrañamente, las mismas características de los europeos: blanco y barbado, con extrañas naves que venían, precisamente, de Oriente; así que los indígenas estaban convencidos de que eran testigos de la realización de esta profecía.
En solo dos años, de 1519 a 1521, contra toda expectativa humana, los españoles conquistaron el imperio Azteca. Hernán Cortés, un hombre de armas, un tanto ilustrado y militarmente religioso, como era la época, con un carisma de liderazgo impresionante, usando su astucia y habilidad penetró hasta el propio corazón del imperio, aliándose con las tribus sometidas por los aztecas; bajo la confusión de la famosa profecía de la llegada del dios bueno “Quetzalcóatl”; aunado todo esto con las poderosas armas y los caballos desconocidos para los indígenas, lo cual fue clave para la conquista y, finalmente, las enfermedades, entre ellas la viruela, que mató a la mitad de la población indígena.
El drama que los indígenas padecieron en esta derrota y la caída de su Imperio, no fue sólo el desmoronamiento de su estructura militar, social, económica, política, etc., sino de toda su estructura religiosa, la cual sustentaba el sentido de toda su existencia. La tremenda depresión ante sus propios dioses fue un drama incomparable, ya que el esperado dios bueno “Quetzalcóatl”, sólo sembró la ruina y la muerte; ya no habían más sacrificios humanos ni corazones que alimentaran a sus dioses y, sin embargo, el ciclo de la vida continuaba sin mayor problema; los astros estaban ahí cumpliendo sus funciones como si nada; se habían sacrificado a miles de seres humanos y ahora se daban cuenta que no había servido de nada, absolutamente de nada; entonces ¿todo había sido una burla infame de los dioses? La depresión fue tal que algunos indígenas optaron por suicidarse.6
Mientras tanto, no eran pocos los españoles que también presentaban una crisis de conciencia, pues se cuestionaban hasta qué punto era de cristianos conquistar un territorio, el cual no les pertenecía, y hacer de su propiedad bienes ajenos y hasta esclavizar a sus propietarios; este cuestionamiento era fuertemente manifestado no sólo por los misioneros, sino por españoles de conciencia recta, incluso se llevó ante las aulas de las Universidades como la de Salamanca. La discusión sobre la justificación de una invasión y toma de bienes ajenos ocuparon agrias disputas; llevándolas hasta el punto de poner en tela de juicio la racionalidad de los indígenas, pues si los indios no demostraban su humanidad, entonces se podía tomar de sus bienes, ya que no tendrían ningún derecho sobre ellos; y, además, su “adoración” a los ídolos los hacían “culpables”.
Sin pretender menospreciar o desmeritar la labor de estos santos varones, que en realidad eran de lo mejor que había producido una España, deudora de Jesucristo, defensora de su Iglesia y misionera militante; pero ¿qué era este puñado de inspirados misioneros ante los millones de indígenas?, ante las distancias impresionantes, las lenguas desconocidas, las mentalidades y culturas tan distintas. Si bien, las conversiones se fueron dando, pero muy poco a poco ante este reto gigantesco. Fray Toribio Motolinia, además de indicarnos que la gran labor de los franciscanos había dado como resultado cierta cantidad de bautizos entre los indígenas, no pudo negar que en los primeros años los indios permanecían reacios a convertirse al catolicismo: “Anduvieron –declaraba el misionero– los mexicanos cinco años muy fríos”.7 Además, era consciente de la insignificancia de sus recursos ante la enormidad del trabajo, sus terribles problemas y la inseguridad de que fueran sinceras las conversiones;8 el temor de que la piedad india fuera idolatría larvada subsistió durante largo tiempo en todos los misioneros y llegó a ser para algunos, como fray Diego de Durán, una obsesión.9
Además, esto se unía a los problemas internos de los mismos españoles, que llegaron a ser tan ásperos que el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, consciente de que no había ninguna salida ante los abusos de sus paisanos, en 1529 declaró al rey: “Asimismo me parece es bien informar a Vuestra Serenísima Majestad de lo que a la fecha en ésta pasa, porque es cosa de tanta calidad, porque si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente.”10
En este contexto histórico es cuando se produce uno de los eventos más importantes y evangelizadores, el llamado: Acontecimiento Guadalupano, iniciando una importante historia de la Salvación; el encuentro de la Virgen de Guadalupe con un indígena llamado Juan Diego,11 quien fue canonizado por el papa Juan Pablo II el 31 de julio de 2002.12 Se inicia una evangelización que lleva a una verdadera conversión.
Santa María de Guadalupe, Estrella de la Evangelización, aparecida del 9 al 12 de diciembre de 1531, apenas a diez años después de la conquista, retoma lo bueno de los indígenas y lo bueno de los españoles, dos culturas profundamente religiosas y profundamente distintas, en un choque violento y cruento; es ella, la Madre de Dios que se manifiesta como portadora del Amor, sagrario inmaculado de Dios y, cuya voluntad claramente la sabemos por medio de san Juan Diego, y esta era: que se le edificara un templo para dar en él ese Amor que es el Hijo de Dios a todo ser humano; templo que debería contar con la aprobación de la cabeza de la Iglesia, el obispo de México, que en aquel entonces, como decíamos, era el obispo fray Juan de Zumárraga. Este mensaje se manifestó también con una imagen impresa en el manto o tilma de este indio humilde, Juan Diego. La imagen mestiza de esta Virgen Madre envuelta de sol con la luna bajo sus pies con manto tachonado de estrellas y cuyo mensaje y voluntad es la entrega del Amor maternal en un templo aprobado por la cabeza de la Iglesia. Una Virgen Madre que al mismo tiempo los españoles la conocían como una Purísima Concepción; y los indígenas como la “Tonantzin”, que significa “nuestra Madrecita”.13
En este Acontecimiento salvífico se manifiesta, de manera patente, la intervención de Dios en una evangelización conducida por María para una verdadera conversión, como se expresa en el trozo del Evangelio de san Juan (Jn 2, 5): cuando, en las bodas de Caná, María, la madre de Dios, dirige con firmeza al ser humano: “hagan todo lo que Él les diga”.
Esta es una maravillosa historia de donde surge la evangelización para todo el Continente Americano y más allá de sus fronteras, bajo la dirección y cauce de la Iglesia Católica.

Historia de un encuentro salvífico
Juan Diego Cuauhtlatoatzin14 fue el vidente en las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, que tuvieron lugar del 9 al 12 de diciembre de 1531. A este importante evento se le conoce como el Acontecimiento Guadalupano.
Juan Diego, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, en el barrio de Tlayácac, región que pertenecía al reino de Texcoco; fue bautizado en torno a 1524,15 por los primeros franciscanos que llegaron de España al territorio del antiguo Imperio Azteca, imperio que fue derrotado y conquistado en 1521. En el tiempo de las Apariciones, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad, y tenía apenas dos años de viudo ya que su mujer María Lucía había muerto en 1529.
Juan Diego era profundamente piadoso, acudía todos los sábados y domingos a Tlatelolco, un barrio de la Ciudad de México, donde aún no había convento, pero sí una llamada “doctrina”, donde se celebraba la Santa Misa y se conocían “las cosas de Dios que les enseñaban sus amados sacerdotes”; para esto, tenía que salir muy temprano del pueblo de Tulpetlac, que era donde en ese momento vivía, y caminar hacía el sur hasta bordear el cerro del Tepeyac.
El sábado 9 de diciembre de 1531 sería un día muy especial, pues al pasar a lo largo de la colina del Tepeyac, escuchó que provenía de ella un maravilloso canto y una dulce voz lo llamaba desde lo alto de la cumbre: “Juanito, Juan Dieguito”. Llegando a la cima, encontró a una hermosa Doncella que estaba ahí de pie, envuelta en un vestido reverberante como el sol. En este encuentro, el cual es narrado de una manera maravillosa en el llamado Nican Mopohua ya se comprueba la madurez cristiana que tenía Juan Diego, pues antes de que Ella se presente, él la reconoce como Madre de Dios al decirle que va “a su casita de México Tlaltilolco a seguir las cosas divinas” que imparten “la imágenes de Nuestro Señor”,16 o sea los sacerdotes españoles. A su vez, Ella se presenta como Madre de Dios en forma inconfundiblemente clara para cualquier indio mexicano, pues no sólo dice que es la “Madre del verdaderísimo Dios”, sino que repite la palabra “Dios” en náhuatl y en castellano: “Téotl Dios” y cita cuatro nombres inconfundibles para ellos: Ipalnemohuani = “Aquel por Quien se vive”, Tloque Nahuaque = “Dueño del cerca y del junto”, Teyocayani = “Creador de las personas” e Ilhuicahua Tlaltipaque = “Señor del Cielo y de la Tierra”.17 María se presenta de una manera clara y sencilla, nítida y transparente, con naturalidad y sencillez para los desconfiados españoles y para los desconcertados indígenas. La voluntad de la Inmaculada Virgen María de Guadalupe era el que se levantara un templo en aquel lugar para dar todo su amor a todo ser humano, por lo que le pide que sea su mensajero para llevar su voluntad al obispo.
Juan Diego se dirigió al obispo, fray Juan de Zumárraga, y después de una larga y paciente espera, el indio mensajero le comunicó todo lo que había admirado, contemplado y escuchado, y le dijo puntualmente el mensaje de la Señora del Cielo, la Madre de Dios, que le había enviado y cual era su voluntad que se le erija un templo para, desde ahí, dar todo su amor. El Obispo escuchó al indio incrédulo de sus palabras, y reflexionando sobre este extraño mensaje.
Juan Diego regresó al cerrillo ante la Señora del Cielo, y le expuso cómo había sido su encuentro con el jefe de la Iglesia en México. Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le mentía o que fantaseaba, y con toda humildad le dijo a la Señora del Cielo que mejor enviara a algún noble o alguna persona importante ya que él era un hombre de campo, un simple cargador, una persona común sin importancia, y con toda sencillez le dijo: «Virgencita mía, Hija mía menor, Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía».”18
La Reina del Cielo escuchó con ternura y bondad, y con firmeza le respondió al indio: “«Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando».”19
Así que al día siguiente regresó ante el obispo para nuevamente darle el mensaje de la Virgen y el Obispo le pide una señal que confirme su mensaje. Juan Diego al regresar abatido a su casa se encuentra con que su tío se encuentra gravemente enfermo y ante la eminente muerte le pide a su sobrino que vaya a la Ciudad de México para que buscara un sacerdote para que le diera los últimos auxilios, así que el 12 de diciembre, muy de mañana Juan Diego corrió hacia el convento de los franciscanos en Tlatelolco, pero al acercarse al lugar donde se había encontrado con la hermosa Doncella, reflexionó con candidez, que era mejor desviar sus pasos por otro camino, rodeando el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta manera, no entretenerse con Ella y poder llegar lo más pronto posible al convento de Tlatelolco, pensando que más tarde podría regresar ante la Señora del Cielo para cumplir con llevar la señal al Obispo.
Pero María Santísima salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: “«¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?»”.20 El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado, y le comunicó con turbación la pena que llevaba en el corazón: su tío estaba a punto de morir y tenía que ir por un sacerdote para que lo auxiliara.
María Santísima escuchó la disculpa del indio con apacible semblante; comprendía, perfectamente, el momento de gran angustia, tristeza y preocupación que vivía Juan Diego; y es precisamente en este momento en donde la Madre de Dios le dirige unas de las más bellas palabras, las cuales penetraron hasta lo más profundo de su ser:
“«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»”21 Y la Señora del Cielo le aseguró: “«Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno».”22
Y efectivamente, en ese preciso momento, María Santísima se encontró con el tío Juan Bernardino dándole la salud, de esto se enteraría más tarde Juan Diego.
Juan Diego tuvo fe total en lo que le aseguraba María Santísima, la Reina del Cielo, así que consolado y decidido le suplicó inmediatamente que lo mandara a ver al Obispo, para llevarle la señal de comprobación, para que creyera en su mensaje.
La Virgen Santísima le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes se habían encontrado; y le dijo: “«Allí verás que hay variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas: luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia».”23
Juan Diego inmediatamente subió al cerrillo, no obstante que sabía que en aquel lugar no habían flores, ya que era un lugar árido y lleno de peñascos, y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos; además, estaba haciendo tanto frío que helaba; pero cuando llegó a la cumbre, quedó admirado ante lo que tenía delante de él, un precioso vergel de hermosas flores variadas, frescas, llenas de rocío y difundiendo un olor suavísimo; y comenzó a cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su tilma. Inmediatamente bajó el cerro llevando su hermosa carga ante la Señora del Cielo.
María Santísima tomó en sus manos las flores colocándolas nuevamente en el hueco de la tilma de Juan Diego y le dijo: “«Mi hijito menor, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú ..., tú que eres mi mensajero... en ti absolutamente se deposita la confianza.”24
Después de un largo tiempo de espera pudo estar delante del Obispo, y en cuanto lo oyó, comprendió que Juan Diego portaba la prueba para convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba la Virgen por medio del humilde indio. Y en ese momento, Juan Diego entregó la señal de María Santísima extendiendo su tilma, cayendo en el suelo las preciosas flores; y se vio en ella, admirablemente pintada, la Imagen de María Santísima, como se ve el día de hoy, y se conserva en su sagrada casa. El Obispo Zumárraga, junto con su familia y la servidumbre que estaba en su entorno, sintieron una gran emoción, no podían creer lo que sus ojos contemplaban, una hermosísima Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora del Cielo. La veneraron como cosa celestial. El Obispo “con llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón por no haber realizado su voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.”25 Además, el obispo confirmó también la salud del tío Juan Bernardino, quien declaró que en ese preciso momento a él también se le había aparecido la Virgen, exactamente en la misma forma como la describía su sobrino, y que la hermosa Doncella le había dicho su nombre: “LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE.”26
Desde ese momento Juan Diego proclamó el milagro y el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, un mensaje que proclamaba la unidad, la armonía el inicio de una nueva vida.
Todos contemplaron con asombro la Sagrada Imagen. “Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen. Venían a reconocer su carácter divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen.”27

La evangelización de Santa María de Guadalupe hace realidad una gran conversión
Inmediatamente el mensaje y la imagen de Santa María de Guadalupe fueron captados y entendidos de tal manera que se verificó una impresionante conversión en masa tanto de los indígenas como de los españoles; de tal forma que son los mismos misioneros quienes quedaron desconcertados ante estas conversiones y fueron estimulados a cumplir con su labor como instrumentos sacramentales de esta apoteótica conversión.
Ciertamente, un signo concreto, claro y objetivo de la importancia del Acontecimiento Guadalupano fue la conversión de los indígenas, que a partir de este momento se cuentan por millares. Y esto se constata por medio de las fuentes históricas; por ejemplo: fray Toribio Motolinia, además de indicarnos que la gran labor de los franciscanos había dado como resultado cierta cantidad de bautizos a indígenas, no pudo negar que en los primeros años los indios permanecían reacios a convertirse al catolicismo: “Anduvieron –declaraba el misionero– los mexicanos cinco años muy fríos”.28 Además, era consciente de la insignificancia de sus recursos ante la enormidad del trabajo, sus terribles problemas y la inseguridad de que fueran sinceras las conversiones;29 el temor de que la piedad india fuera idolatría larvada subsistió durante largo tiempo en todos los misioneros y llegó a ser para algunos, como fray Diego de Durán, una obsesión.30
Sin embargo, después de esos primeros años, Motolinia nos da noticia de las grandes cantidades de indígenas que pedían el bautismo, y que en aquel momento, inexplicablemente, se contaban por miles, como se lo había informado un confraterno, decía: “fray Juan de Perpiñán y fray Francisco de Valencia, los que cada uno de estos bautizó pasaron de cien mil; de los sesenta que al presente son en este año de 1536”;31 Motolinia siguió haciendo cuentas de los miles y miles que se habían bautizado y llegó a la conclusión que en total en ese año de 1536: “serán –decía– hasta hoy día bautizados cerca de cinco millones”32 Por su parte fray Juan de Torquemada en su obra Monarquía Indiana nos informa que “se bautizaban tantos mil en un día.”33
Los mismos frailes estaban sorprendidos de esta conversión masiva, otro misionero e historiador, fray Gerónimo de Mendieta señalaba: “Al principio comenzaron a ir de doscientos en doscientos, y de trescientos en trescientos, y siempre fueron creciendo y multiplicándose, hasta venir a millares; unos de dos jornadas, otros de tres, otros de cuatro, y de más lejos; cosa a los que lo veían de mucha admiración. Acudían chicos y grandes, viejos y viejas, sanos y enfermos. Los bautizados viejos traían a sus hijos para que se los bautizasen, y los mozos bautizados a sus padres; el marido a la mujer, y la mujer al marido.”34 Los indios se quedaban en los monasterios aprendiendo la doctrina, daban mil vueltas a las oraciones para aprenderlas de memoria en latín. “Y al tiempo que los bautizaban, muchos recibían aquel sacramento con lágrimas ¿Quién podía atreverse a decir que estos venían sin fe, pues de tan lejos tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo nadie, a buscar el sacramento del bautismo?”35
Algunos indígenas, como decía Mendieta, hacían grandes esfuerzos para llegar al monasterio en donde les pudieran administrar el sacramento del bautismo; por ejemplo, para llegar al monasterio de Guacachula, los indígenas debían atravesar sierras y barrancos, casi sin comida. Esta afluencia de indígenas no se dio como un fenómeno pasajero, ya que continuaron llegando de lejanas tierras y con todas estas dificultades durante meses; continuaba Mendieta: “afirma un religioso siervo de Dios, que pasó por allí huésped, que en cinco días que allí estuvo bautizaron él y otro sacerdote por cuenta catorce mil y doscientos y tantos. Y aunque el trabajo no era poco (porque a todos ponía óleo y crisma), dice que sentía en lo interior un no sé qué de contento en bautizar aquellos más que a otros; porque su devoción y fervor de aquellos ponía al ministro espíritu y fuerzas para los consolar a todos, y para que ninguno se les fuese desconsolado. Y cierto fue cosa de notar y maravillar, ver el ferviente deseo que estos nuevos convertidos traían al bautismo, que no se leen cosas mayores en la primitiva Iglesia. Y no sabe hombre de qué se maravillar más, o de ver así venir a esta nueva gente, o de ver cómo Dios los traía. Aunque mejor diremos, que de ver cómo Dios los traía y recibía al gremio de su santa Iglesia. Después de bautizados, era cosa notable verlos ir tan consolados, regocijados y gozosos con sus hijuelos a cuestas, que parecía no caber en sí de placer.”36
Cuando esta conversión adquirió dimensión masiva, se reflexionó sobre la mejor manera de administrar el bautismo y se buscó una guía segura escribiendo al Papa para conocer las soluciones que se pudieran dar a este caso, y mientras llegaban las disposiciones de Roma, los frailes tuvieron que suspender momentáneamente los bautismos en gran masa; esto propició que los frailes vieran testimonios que les partían el corazón, la gente estaba ansiosa de tener el sacramento, con actitudes que conmovían y sorprendían a los misioneros, por ejemplo, el mismo Mendieta nos informa sobre estos indígenas a quienes no les importaban distancias, temporales, hambres, etc. con tal de tener el bautismo; y que, por supuesto, no les importaba esperar todo el tiempo que fuera necesario hasta conseguir su objetivo. Tanto en el convento de Guacachula como en el de Tlaxcala, se contaron cerca de 2,000 indígenas que pacientemente esperaban en los patios, y rogaban a cuanto misionero veían para que los bautizaran. Los misioneros fueron testigos de que, cuando se les despedía sin darles el sacramento, los indios volvían a sus casas, “llorando y quejándose, y diciendo mil lástimas, que eran para quebrar los corazones, aunque fueran de piedra.”37
Y lo mismo dígase de los indígenas que trataban de confesarse: “Acaecía –decía Mendieta– por los caminos, montes y despoblados, seguir a los religiosos mil y dos mil indios y indias, sólo para confesarse, dejando desamparadas sus casas y hacienda; y muchas de ellas mujeres preñadas, y tanto que algunas parían por los caminos, y casi todas cargadas con sus hijos a cuestas. Otros viejos y viejas que apenas se podían tener en pie con sus báculos, y hasta ciegos, se hacían llevar de quince y veinte leguas a buscar confesor. De los sanos muchos venían de treinta leguas, y otros acaecía andar de monasterio en monasterio más de ochenta leguas buscando quien confesase. Porque como en cada parte había tanto que hacer, no hallaban entrada. Muchos de ellos llevaban sus mujeres e hijos y su comidilla, como si fueran de propósito a morar a otra parte. Y acaecía estarse un mes y dos meses esperando confesor, o lugar para confesarse.”38
Uno de los sacramentos que más dificultades había presentado para la aceptación indígena era el Matrimonio, ya que el dejar a sus mujeres y tener sólo una, no era cosa fácil, en un esquema de familia que incluso en algunos lugares de México rige todavía. Los indígenas, pueblo entregado a la guerra y a los sacrificios humanos como parte de la armonía del cosmos, no podían imaginar el no tener muchos hijos, integrantes fundamentales de esta armonía sagrada.
Por lo que, si bien ya era de sorprender la conversión en masa que se dio poco después del gran Acontecimiento Guadalupano, y sabiendo los misioneros la resistencia que ofrecían los indios al sacramento del matrimonio con una sola mujer; resulta aun más admirable que, precisamente después del Acontecimiento Guadalupano, éstos llegaran a pedir con gran fervor el matrimonio cristiano.
Fray Toribio Motolinia nos informa sobre este proceso de cambio. Después de muchos esfuerzos y fatigas, el primer matrimonio cristiano tuvo lugar el 14 de octubre de 1526, cuando se casaron ocho parejas, entre los que se encontraba don Hernando, hermano del señor de Texcoco; Motolinia alude a este primer matrimonio en la tierra del Anáhuac, señalando esta fecha como punto de referencia debido a que los matrimonios eran muy escasos, y nos informa también la razón de esto: “los señores tenían las más mujeres, no las querían dejar, ni ellos [los frailes misioneros] se las podían quitar, ni bastaba ruegos, ni sermones, ni otra cosa que con ellos se hiciese, para que dejadas todas se casasen con una sola en faz de la Iglesia; y respondían que también los españoles tenían muchas mujeres, y si les decíamos que las tenían para su servicio, decían que ellos también la tenían para lo mismo; y así aunque estos indios tenían muchas mujeres con quien según su costumbre eran casados, también las tenían por manera de granjería, porque las hacían a todas tejer y hacer mantas y otros oficios.”39 Pero, en 1536 Motolinia comprueba y es testigo de que después de 1531 las cosas cambiaron radicalmente, continuaba: “ha placido a Nuestro Señor que de su voluntad de cinco a seis años a esta parte comenzaron algunos a dejar la muchedumbre de mujeres que tenían y a contentarse con una sola, casándose con ella como lo manda la Iglesia; y con los mozos que de nuevo se casan son ya tantos, que hinchan las iglesias, porque hay días de desposar cien pares; y días de doscientos y de trescientos y días de quinientos.”40
Por su parte Mendieta decía: “Y era mucho de ponderar la fe de los indios, que les acaecía a muchos haber dejado las mujeres legítimas, porque no les tenían amor, y andar revueltos con las mancebas a quienes estaban aficionados, y tener en ellas tres o cuatro hijos, y por cumplir lo que se les mandaba, dejaban éstas en quien tenían puesta su afición, e iban a buscar las otras, quince y veinte leguas, porque no les negasen el bautismo.”41
Los mismos misioneros estaban desconcertados de este radical cambio, de tantas y tantas sorpresivas conversiones; y trataban de razonar este fenómeno diciendo que, en parte, había sido resultado de su predicación y testimonio; como hemos dicho, no cabe duda que esto ciertamente influyó en las conversiones iniciales; sin embargo, la masiva conversión dejaba a los seráficos misioneros con admiración y con expresiones de asombro, como decía Mendieta: “fue cosa de notar y maravillar”, “de mucha admiración”.
El documento histórico llamado Nican Motecpana también corrobora y confirma este cambio desde el corazón indígena, que se manifestó en la aceptación de la fe; a su modo y en estilo por esta importante fuente se nos dice que los indios: “sumidos en profundas tinieblas, todavía aman y servían a falsos diosecillos, obras manuales e imágenes de nuestro enemigo el demonio, aunque ya había llegado a sus oídos la fe, desde que oyeron que se apareció la Santa Madre de Nuestro Señor Jesucristo, y desde que vieron y admiraron su perfectísima imagen, que no tiene arte humano; con lo cual abrieron mucho los ojos, cual si de repente hubiera amanecido para ellos.”42 Fue tal la conversión, que muchos de ellos tiraron, con sus propias manos, los antiguos ídolos: “Y luego (según los viejos dejaron pintado) algunos nobles, lo mismo que sus criados plebeyos, de buena voluntad echaron fuera de sus casas, arrojaron y esparcieron las imágenes del demonio y empezaron a creer y venerar Nuestro Señor Jesucristo y su preciosa Madre.”43
Uno de los aspectos claves en esta conversión es que María viene a traernos a su Hijo Jesucristo; es decir, que la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es Cristocéntrica, ya que coloca a su Hijo en el lugar que le corresponde, en el centro de la Imagen, en la flor de cuatro pétalos, que para los indígenas representa el movimiento, la vida, el único Dios verdadero que es vida y da la vida: Ometéotl. La Doncella-Madre embarazada que espera a Jesucristo, que lo porta en su vientre, como el tesoro que nos ofrece. Esto es confirmado también por el Nican motecpana: “En lo que se realizó que no solamente vino a mostrarse la Reina del cielo, nuestra preciosa Madre de Guadalupe, para socorrer a los naturales en sus miserias mundanas, sino más bien, porque quiso darles su luz y auxilio, a fin de que conocieran al verdadero y único Dios y por él vieran y conocieran la vida del cielo.”44 Del mismo modo, Ella no desprecia el trabajo de los misioneros, sino que lo asume en el trabajo evangelizador; se expresa en el Nican motecpana: “Para hacer esto, ella misma vino a introducir y fortalecer la fe, que ya habían comenzado a repartir los reverendos hijos de San Francisco.”45
El Acontecimiento Guadalupano no sólo convierte a los indígenas sino a los mismos españoles; uno de los ejemplos más explícitos de esto son los variados testimonios de los testigos en la llamada Información de 1556; donde explícitamente se hace referencia a grandes peregrinaciones de españoles a la ermita del Tepeyac, de milagros, de conversiones y del gran amor a Santa María de Guadalupe logrando grandes conversiones no sólo de los indígenas sino también de españoles.46 Dice el testimonio de Juan de Salazar que “la gran devoción que toda esta ciudad ha tomado a esta bendita Imagen, y los indios también, y cómo van descalzas señoras principales y muy regaladas, y a pie con sus bordones en las manos, a visitar y encomendar a nuestra Señora y de estos los naturales han recibido grande ejemplo y siguen lo mismo [...] muchas señoras de este pueblo y doncellas, así de calidad como de edad, iban descalzas y con sus bordones en las manos a la dicha ermita de nuestra Señora y que así este testigo lo ha visto, porque ha ido muchas veces a la dicha ermita, de que este testigo no poco se ha maravillado, por haber visto muchas viejas y doncellas ir a pie con sus bordones en las manos, en mucha cantidad a visitar la dicha Imagen”.47 Y añade este mismo testigo que incluso llegó a tal punto la devoción que “ya no se platica otra cosa en la tierra, si no es ¿dónde queréis que vayamos? vamos a nuestra Señora de Guadalupe”.48
Otro testigo, el bachiller Francisco de Salazar juraba: “no solamente las personas que sin detrimento de su salud y sin vejación de su cuerpo pueden, van a pie; pero mujeres y hombres de edades mayores y enfermos, con esta devoción van a la dicha ermita”.49
En su testimonio, Juan de Masseguer nos dice: “Que todo el pueblo a una tiene gran devoción en la dicha Imagen de Nuestra Señora de todo género de gente, nobles ciudadanos e indios”.50
Mientras que Alvar Gómez testificó: “que es verdad que ha ido allá una vez, y que topó muchas señoras de calidad que iban a pie, y otras personas, hombres y mujeres de toda suerte, a la ida y a la venida, y que allá vio dar limosnas hartas, y que a su parecer que era con gran devoción, y que no vio cosa que le pareciese mal, sino para provocar a devoción de Nuestra Señora, y que a este testigo, viendo a los otros con tanta devoción, le provocaron más; y que le parece que es cosa que se debe favorecer y llevar adelante, especial que en esta tierra no hay otra devoción señalada, donde la gente haya tomado tanta devoción, y que con esta Santa devoción se estorban muchos de ir a las huertas, como era costumbre en esta tierra, y ahora se van allí donde no hay aparejos de huertas ni otros regalos ningunos, mas de estar delante de Nuestra Señora en contemplación y en devoción”.51
En palabras sencillas, el culto a la Virgen de Guadalupe se manifiesta como una verdadera evangelización;52 los misioneros observaron que con el mensaje y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe la esencia del Evangelio era entendido y movía de tal forma las almas que la conversión hacia Jesucristo era una manifestación patente de ello.
Ciertamente es sorprender este cambio, que tuvo su origen en las profundidades del corazón y esta nueva actitud que revela una luz de esperanza, la cual permitió que se llevara a cabo la evangelización de un pueblo que estaba como tierra bien preparada para recibir el mensaje de la Salvación. De hecho, se inicia una devoción que nadie podrá detener, y que aun más se fue profundizando y extendiendo durante los diversos periodos históricos que tuvieron lugar en México.

Modelo de Evangelización perfectamente inculturada
Cuando hablo de “cultura” me refiero a algo netamente humano y muy complejo, como expresó el cardenal Paul Poupard: la cultura es “la manera peculiar en que los hombres, en un determinado pueblo, cultivan su relación con la naturaleza, consigo mismos y con Dios, a fin de alcanzar un nivel verdadera y plenamente humano”.53
La Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM) expresó en el Documento de Puebla de una manera elocuente lo que es la “inculturación” y que es lo que prácticamente el Acontecimiento Guadalupano marca la pauta, así lo expresan los obispos latinoamericanos: “En efecto, la fe transmitida por la Iglesia es vivida a partir de una cultura presupuesta, esto es, por creyentes «vinculados profundamente a una cultura y la construcción del Reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas» (Cfr. EN 20). Por otra parte permanece válido, en el orden pastoral, el principio de encarnación formulado por san Ireneo: «Lo que no es asumido no es redimido». El principio general de encarnación se concreta en diversos criterios particulares: Las culturas no son terreno vacío, carente de auténticos valores. La Evangelización de la Iglesia no es un proceso de destrucción, sino de consolidación y de fortalecimiento de dichos valores; una contribución al crecimiento de los «gérmenes del Verbo» presentes en las culturas (Cfr. GS 57d,f). (…) Todo esto implica que la Iglesia -obviamente la Iglesia particular-, se esmere en adaptarse, realizando el esfuerzo de un trasvasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en la que se inserta (Cfr. EN 53, 62, 63; GS 58a,b; DT 420-423) (…) De este modo, por la evangelización, la Iglesia busca que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia activa del Resucitado, centro de la historia, y de su Espíritu (EN 18, 20, 23; GS 58d; 61a).”54
Es decir, que quienes queramos proclamar el Evangelio a gentes diversas de nosotros mismos, debemos hacer el esfuerzo al evangelizar a los gentiles: exponer y compartir nuestra Fe a partir de los conocimientos y sentimientos de los otros, no sólo de los nuestros, obteniendo así ambos un doble enriquecimiento, pues ninguno tendría que renunciar a sus propios valores y tradiciones para adoptar los del otro, sino uno y otro adoptar, asimilar y depurar los de los dos.
Y esta inculturación, este trasvasamiento, ocurrió cuando menos podía esperarse, cuando nuestra patria mestiza se debatía en atroces dolores de un parto que amenazaba culminar en aborto, como aconteció en otras partes, donde la población indígena quedó exterminada, pues no se veía posibilidad alguna de acuerdo entre pueblos tan diversos; cuando indios y españoles se veían con miedo y rencor, deformada su perspectiva por una total incomprensión mutua, ya que las culturas de ambos eran humanamente incompatibles. Los españoles estaban convencidos que se enfrentaban con Satanás en persona, de modo que toda tolerancia equivaldría a una clara traición a Dios, y los indios estaban convencidos que su ineludible deber esa ser fieles a su raíz, a lo que siempre habían sido y, en especial, la versión del Evangelio que los misioneros les presentaban les resultaba insultante e inaceptable, Dios, a través de su Madre Santísima, supo resolver ese insoluble problema, sin desautorizar a sus enviados españoles, sin reprobar los valores indios, sin cambiar a ninguno de los protagonistas ni a sus conflictivas circunstancias. Supo, en una palabra, confirmar la predicación de sus enviados inculturando su mensaje a la mente india. Y con esto no sólo obtuvo su conversión entusiastamente masiva e instantánea, sino que se aceptaran unos a otros tan efectivamente que nacimos ese pueblo nuevo, hijo y heredero de ambos: el pueblo mestizo que somos hoy México.
Este anhelo, que hoy por primera vez es sincero y universal, topa sin embargo con la miseria humana, ante la que se estrellan todos los esfuerzos, y vemos abortar cuantos intentos se hacen ya no digamos para que se reconcilien, sino simplemente dejen de matarse pueblos hermanos.
Y no sólo tenemos esa imagen, sino que dos pueblos, del todo diferentes, divididos por una incomprensión abismal, no sólo dejaron de masacrarse, sino que, al acoger el amor que les ofreció; Dios a través de su Madre Santísima, se aceptaron y fusionaron tan de veras que nació de ellos un pueblo heredero de las grandezas y miserias de los dos, pero genuinamente nuevo, síntesis y reconciliación de lo aparentemente irreconciliable, lo que el Santo Padre en persona definió como "un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada." Que tiene, obviamente, que continuar tocando corazones para que se realice una verdadera conversión cada día.

La Santa Sede reconoce a la Estrella de la Evangelización: Santa María de Guadalupe
La Santa Sede a lo largo de la historia confirmó la importante evangelización que se dio gracias al culto Guadalupano, veamos sólo algunas de las intervenciones más significativas.
Remontándonos al siglo XVI, podemos contemplar en el Archivo Secreto Vaticano, el documento más antiguo que se conoce en donde el papa Gregorio XIII, en 1573 (tan sólo 42 años después de la aparición), otorgó gracias especiales a la remota y humilde ermita de “Santa María de Guadalupe de Tepeaquilla in provincia messicana” según las modalidades acostumbradas, indulgencia plenaria y otras indulgencias.55
Si bien, muchos Pontífices otorgaron beneficios y gracias al Santuario Guadalupano de México, uno de los más importantes en este tema fue el papa Benedicto XIV, quien en 1754, concedió Misa y Oficio litúrgico a la Guadalupana. “La Congregación de Ritos hizo saber [...] que, examinados todos los documentos que había presentado, quedaba plenamente demostrada la verdad histórica de la Aparición [...] El 24 de Abril de 1754 dio la Congregación de Ritos el decreto con que aprobaba el Oficio y Misa propia en honor de la Virgen de Guadalupe; y mandaba que dicho Oficio se rezase el 12 de Diciembre con rito doble de primera clase y con Octava.”56
Pío XI en Carta Apostólica del 16 de julio de 1935 declaró a la Virgen de Guadalupe de México Patrona de las Islas Filipinas.57
En la época actual, tenemos varias intervenciones de los Sumos Pontífices, entre las más significativas están las palabras del papa Pío XII, quien el 12 de octubre de 1945 ofreció una Alocución transmitida por Radio, por el cincuentenario de la coronación pontificia de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México: “Y así sucedió –decía el Santo Padre–, al sonar la hora de Dios para las dilatadas regiones del Anáhuac. Acaban apenas de abrirse al mundo, cuando a las orillas del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del pobrecito Juan Diego –como refiere la tradición– pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima, que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente respetaría.”58
El papa Juan XXIII, el 12 octubre de 1961, en la celebración del cincuentenario del Patronato de la Virgen de Guadalupe sobre toda América Latina, declaró: “«la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive», derrama su ternura y delicadeza maternal en la colina del Tepeyac, confiando al indio Juan Diego con su mensaje unas rosas que de su tilma caen, mientras en ésta queda aquel retrato suyo dulcísimo que manos humanas no pintan. Así quería Nuestra Señora continuar mostrando su oficio de Madre: Ella, con cara de mestiza entre el indio Juan Diego y el Obispo Zumárraga, como para simbolizar el beso de dos razas [...] Primero Madre y Patrona de México, luego de América y de Filipinas;59 el sentido histórico de su mensaje iba cobrando así plenitud, mientras abría sus brazos a todos los horizontes en un anhelo universal de amor.”60
El papa Pablo VI, en otro 12 de octubre pero del año 1970, en el 75º. Aniversario de la coronación pontificia de la Imagen, exclamó “La devoción a la Virgen Santísima de Guadalupe, tan profundamente enraizada en el alma de cada mexicano y tan íntimamente unida a más de cuatro siglos de vuestra historia patria, sigue conservando entre vosotros su vitalidad y su valor, y debe ser para todos una constante y particular exigencia de auténtica renovación cristiana”.61
Como decía al inicio de esta Conferencia, el papa Juan Pablo II siempre ha declarado la gran importancia del Acontecimiento Guadalupano, luz para la evangelización que ha dado frutos de salvación. Desde su primera visita pastoral a México, en 1979, Juan Pablo II fue directo y preciso al hablar sobre Santa María de Guadalupe como la Estrella que iluminó el camino de la evangelización; dijo el Santo Padre en aquella ocasión: “Nuestra Señora de Guadalupe, venerada en México y en todos los países como Madre de la Iglesia en América Latina, es para mí un motivo de alegría y una fuente de esperanza. «Estrella de la Evangelización», sea ella vuestra guía.”62
El Papa reafirmó la importancia del mensaje de Dios por medio de la Estrella de la Evangelización, María de Guadalupe, y su fiel, humilde y verdadero mensajero Juan Diego; momento histórico para la evangelización de los pueblos, “La aparición de María al indio Juan Diego –reafirmó el Santo Padre– en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente.”63
El Santo Padre continuó expresando con gran fuerza la importancia del Acontecimiento Guadalupano comunicado por el Juan Diego y confirmó la evangelización que nos ha sido donada por Nuestra Madre, María de Guadalupe; “Y América, –declaró el Papa– que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.”64

A manera de conclusión
Por ello, es importante recalcar la importancia del Acontecimiento Guadalupano en la evangelización de todo un Continente y más allá de sus confines; a un mundo que tanto necesita de la unidad, de la paz, de la solidaridad y del amor, una verdadera conversión. Porque del hombre sencillo, humilde, de buena voluntad, lleno de ese amor de Dios que nos trae María en su regazo, pueden surgir las cosas más maravillosas a favor de una nueva humanidad.
Esto es lo que señala el mismo Santo Padre cuando con alegría y gratitud declaró: “Volvamos a Guadalupe. En el año 2002 tuve la gracia de celebrar en aquel santuario la canonización de Juan Diego. Fue una estupenda ocasión para dar gracias a Dios. Juan Diego, después de haber recibido el mensaje cristiano, sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos estamos llamados a ser hijos de Dios en Cristo: «Te doy gracias, Padre [...], porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a las gentes sencillas» (Mt 11, 25). Y, en este misterio, María ha tenido un papel del todo singular.”65
Asimismo, desde el inicio de su pontificado, el papa Juan Pablo II nos ha expresado con gran fuerza: “no tengan miedo, no tengan miedo, abran las puertas a Cristo”. Por ello, quiero terminar con uno de los párrafos más bellos del diálogo entre la Virgen de Guadalupe y san Juan Diego, el cual nos anima para continuar con la misión evangelizadora que nos ha sido encomendada: “«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón, no tengas miedo, [...] ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»”66

1 Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, traducción Pedro Antonio Urbina Torella, Ed. Plaza Janés, México 2004, pp. 58-59.
2 Juan Pablo II, Ecclesia in America, México 22 de enero de 1999, Ed. Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, p. 20. El Santo Padre cita literalmente la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Santo Domingo a 12 de Octubre de 1992, 24. Véase también en AAS, 85 (1993) p. 826. El Santo Padre también menciona la declaración realizada por los obispos de los Estados Unidos de Norteamérica en: National Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith, Washington 1973, Nº 99: “In our own hemisphere we recall the apparition in 1531 of Our Lady of Guadalupe, «Queen of the Americas»."
3 Juan Pablo II, Ecclesia in America, p. 20.
4 Francisco López de Gómara, Historia General de las Indias, Biblioteca Ayacucho, Caracas 1979, Dedicatoria, pp. 7-8.
5 Cfr. Fernando Benítez, La ruta de Hernán Cortés, Ed. FCE, México 41974. También Silvio Zavala, «Hernán Cortés ante la justificación de su conquista», en Revista de Historia Americana, 92 (1981), pp. 49-69. También en la obra escrita por un soldado del mismo Hernán Cortés: Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Ca. 1560-1568, Ed. Porrúa (= Col. Biblioteca Porrúa Nos 6 y 7), México 1977, 2 Vols.
6 Cfr. Miguel León-Portilla, El reverso de la conquista, Ed. Joaquín Mortiz, México 1964. También del mismo autor Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, UNAM (= Col. Biblioteca del Estudiante Universitario N° 81), México41969.
7 Fray Toribio Motolinia, Historia de los Indios, p. 78.
8 De hecho, algunos frailes misioneros, como Sahagún y Durán, se dieron a la tarea de investigar, de manera meticulosa, la cultura india, para poder combatir mejor cualquier idolatría, que pudiera perjudicar a sus recién convertida grey: “El médico no puede acertadamente aplicar las medicinas al enfermo sin que primero conozca qué humor o de qué causas procede la enfermedad [...] para predicar contra estas cosas, y aun para saber si las hay, menester es saber cómo las usaban.” Fray Bernardino de Sahagún, Historia General, p. 17. Esta fue la actitud general. Sin embargo, ciertamente hubo casos de excepción como Fray Jacobo de Testera, quien escribió: “a nosotros los religiosos, cuando entramos en esta tierra, no nos espantó ni desconfió su idolatría, mas habiendo compasión de su ceguedad, tuvimos muy gran confianza que todo aquello y mucho más harían en servicio de nuestro Dios, cuando lo conociesen”. Carta de fray Jacobo de Testera. Huejotzingo, el 6 de mayo de 1533, en Cartas de Indias, Madrid, 1877, p. 66.
9 Cfr. Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, terminada en 1591, Ed. Porrúa (= Col. Biblioteca Porrúa Nos. 36 y 37), México 1967.
10 Carta de fray Juan de Zumárraga al rey de España, México a 27 de agosto a 1529, Archivo de Simancas, Bibl. Miss., III, 339, carta 13. Copia en Colección Muñoz, T. 78, f. 314v.
11 Cfr. Fidel González Fernández, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado, El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, Ed. Porrúa, México 1999,42002, 604 pp.
12 Una biografía de Juan Diego la publiqué en México: Cfr. Eduardo Chávez Sánchez, Juan Diego. Una vida de Santidad que marcó la historia, Ed. Porrúa, México 2002, 228 pp. Este momento importante lo recuerda el Papa Juan Pablo II en su libro: Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, traducción Pedro Antonio Urbina Torella, Ed. Plaza Janés, México 2004, p. 60.
13 Cfr. José Castillo y Piña, Tonantzin Nuestra Madrecita la Virgen de Guadalupe, Imp. Manuel L. Sánchez, México 1945, 274 pp. También Miguel León-Portilla, Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohua”, Eds. Colegio Nacional y FCE, México 2000, 202 pp.
14 “Cuauhtlatoatzin”, nombre indígena de Juan Diego que significa “Águila que habla”. Cfr. Carlos de Sigüenza y Góngora, Piedad Heroica de D. Fernando Cortés, Talleres de la Librería Religiosa, segunda edición de “La Semana Católica”, México 1898, p. 31. También: Xavier Escalada, S. J., Ed. Enciclopedia Guadalupana, México 1997, T. V.
15 «Testimonio del P. Luis Berrera Tanco», en Informaciones Jurídicas de 1666, Traslado original del 14 de abril de 1666, AHBG, Ramo Historia, f. 158r; publicado el facsímile del Traslado Original en Eduardo Chávez Sánchez, La Virgen de Guadalupe y Juan Diego en las Informaciones Jurídicas de 1666, Eds. BG, Imp. Ángel Servín, México 2002: “y habiéndose Bautizado [Juan Diego] en el año de mil y quinientos veinte y cuatro, que fue cuando vinieron los religiosos del Señor San Francisco (de cuya feligresía era) es constante haberse Bautizado de cuarenta y ocho años de edad.”
16 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, traducción del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998, v. 24.
17 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 26.
18 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 55-56.
19 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 58-62.
20 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 107.
21 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 118-119.
22 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 120.
23 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 126.
24 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 137-139.
25 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 187.
26 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, v. 208.
27 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 214-218.
28 Fray Toribio Motolinia, Historia de los Indios, p. 78.
29 De hecho, algunos frailes misioneros, como Sahagún y Durán, se dieron a la tarea de investigar, de manera meticulosa, la cultura india, para poder combatir mejor cualquier idolatría, que pudiera perjudicar a sus recién convertida grey: “El médico no puede acertadamente aplicar las medicinas al enfermo sin que primero conozca qué humor o de qué causas procede la enfermedad [...] para predicar contra estas cosas, y aun para saber si las hay, menester es saber cómo las usaban.” Fray Bernardino de Sahagún, Historia General, p. 17. Esta fue la actitud general. Sin embargo, ciertamente hubo casos de excepción como Fray Jacobo de Testera, quien escribió: “a nosotros los religiosos, cuando entramos en esta tierra, no nos espantó ni desconfió su idolatría, mas habiendo compasión de su ceguedad, tuvimos muy gran confianza que todo aquello y mucho más harían en servicio de nuestro Dios, cuando lo conociesen”. Carta de fray Jacobo de Testera. Huejotzingo, el 6 de mayo de 1533, en Cartas de Indias, Madrid, 1877, p. 66.
30 Cfr. Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, terminada en 1591, Ed. Porrúa (= Col. Biblioteca Porrúa Nos. 36 y 37), México 1967.
31 Fray Toribio Motolinia, Historia de los Indios, p. 85.
32 Fray Toribio Motolinia, Historia de los Indios, p. 85.
33 Fray Juan de Torquemada, Monarquía Indiana, Ed. Porrúa (= Col. Biblioteca Porrúa No 43), introducción de Miguel León-Portilla, México51986, T. III, p. 140.
34 Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 276.
35 Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 276.
36 Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 277.
37 Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 278.
38 Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, pp. 282-283.
39 Fray Toribio Motolinia, Historia de los Indios, p. 98.
40 Fray Toribio Motolinia, Historia de los Indios, p. 98.
41 Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 300.
42 Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 307.
43 Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 307.
44 Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 307.
45 Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 307.
46 Cfr. Información de 1556 ordenada realizar por Alonso de Montúfar, arzobispo de México, en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda, Testimonios Históricos Guadalupanos, Ed. FCE, México 1982.
47 «Testimonio de Juan de Salazar», en Información de 1556, p. 51.
48 «Testimonio de Juan de Salazar», en Información de 1556, p. 53.
49 «Testimonio de Francisco de Salazar», en Información de 1556, p. 59.
50 «Testimonio de Juan de Masseguer», en Información de 1556, p. 71.
51 «Testimonio de Alvar Gómez de León», en Información de 1556, p. 67.
52 Cfr. Mariano Cuevas, El culto Guadalupano del Tepeyac. Sus orígenes y sus críticos en el siglo XVI, Apéndice: La información de 1556 sobre el sermón del provincial franciscano Bustamante, Ed. Centro de Estudios Fray Bernardino de Sahagún, México 1978.
53 Paul Poupard, Intervención en la 7a. Congregación General, presente el Santo Padre, el 20 de noviembre de 1997, en Javier García González, “Historia del Sínodo de América”, Ed. Nueva Evangelización, México 1999, p. 190.
54 Documento de Puebla, Nos. 400-401; 404; 407.
55 En el Archivo Secreto Vaticano se conservan dos índices cronológicos, uno sobre las comisiones expedidas de 1569 a 1571, otro sobre los breves expedidos entre 1569 y 1575. Se registra las indulgencias pontificias a favor del Santuario de “Nuestra Señora de Guadalupe de Tepeaquilla in provincia mexicana”. Febrero, 1573. ASV, Secc. Brev. Lat. 81, p. 165.
56 [Esteban Anticoli], La Virgen del Tepeyac, Patrona principal de la nación mexicana. Compendio Histórico-Crítico, por un sacerdote residente en esta arquidiócesis, Tip. de Ancira y Hno, Guadalajara, México, 1884, pp. 196 y 199.
57 Pío XI, Carta Apostólica: «B. V. Maria sub titulo de Guadalupa insularum Philippinarum coelestis Patrona declaratur», se declara a la Virgen de Guadalupe Patrona de las Islas Filipinas, Roma a 16 de julio de 1935, en AAS, XXVIII (1936) 2, pp. 63-64.
58 Pío XII, «Alocución Radiomensaje», 12 de octubre de 1945, en AAS, XXXVII (1945) 10, pp. 265-266.
59 Nuestra Señora de Guadalupe es declarada Patrona de Filipinas el 16 de julio de 1935. Cfr. Pío XI, Carta Apostólica «B. V. Maria sub titulo de Guadalupa Insularum Philippinarum Coelestis Patrona Declaratur», en AAS, XXVIII (1936) 2, pp. 63-64.
60 Juan XXIII, «Ad christifideles qui ex ómnibus Americae nationibus Conventui Mariali secundo Mexici interfuerunt», por el 50° aniversario del, Roma a 12 de octubre de 1961, en AAS, LIII (1961) 12, pp. 685-687.
61 Pablo VI, «Mensaje Radiotelevisivo», 12 de octubre de 1970, en AAS, LXII (1970) 10, p. 681.
62 Juan Pablo II, «Alocución», en AAS, LXXI (1979) 3, p. 205.
63 Juan Pablo II, Ecclesia in America, p. 20.
64 Juan Pablo II, Ecclesia in America, p. 20.
65 Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, p. 60.
66 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, traducción del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998, vv. 118-119.


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